
– ¿Tenéis hambre? – preguntó Caleb.
Sin darnos tiempo a responder, subió unos peldaños rotos y entró en la casa.
– Supongo que es hora de comer... – murmuró Arden, y lo siguió.
El suelo de madera del interior estaba combado y partido, y en las paredes crecía un moho negruzco. Me tapé la nariz con la camiseta para protegerme del olor. En un rincón de la estancia había un gigantesco armazón de no se sabía qué, cuyo desvencijado panel delantero tenía forma de estrella.
– ¿Qué es eso? – quise saber, señalándolo.
Caleb recorrió la sala, pisoteando libros empapados y montoncitos de porquería podrida, y Arden y yo lo seguimos con cierta prevención.
– Un televisor – respondió cuando llegamos a la puerta de la cocina.
Asentí, aunque conocía el término difusamente. Tenía aspecto de haber contenido algo valioso. El desvencijado sofá estaba frente a él, como si la familia se sentase allí a mirarlo.
Todos los armarios de la cocina estaban abiertos y los estantes sembrados de cubiertos de plástico sucios y latas vacías. Había sillas en el suelo, cuyos desgarrados asientos dejaban a la vista sus grisáceas y enmohecidas entrañas; el techo se caía a trozos".